A las nueve horas del día después, la muerte de Erika comienza a verse revestida de expresiones como "posible suicidio". Inmediatamente, políticos y "popes" del periodismo han comenzado a advertir sobre la necesidad de abordar con sumo tacto una situación como ésta. No cabe duda de que el respeto debe presidir cualquier información y este es el momento de aplicar el bozal a las fauces más abyectas de la jauría; pero en realidad, mientras la pofesión intenta detener las desviaciones de los programas-basura, este suceso nos sitúa en otro debate mucho más profundo sobre la profesión periodística y su autorregulación:
-¿No decíamos que "en esta redacción, los suicidios jamás se dan" por sus efectos miméticos, cuestiones éticas y demás?
- En aquella otra redacción, ¿no decíamos que "sólo se dan cuando hay alguna sospecha de que no se trate de suicidio o cuando está rodeado de circunstancias escabrosas"?
Me temo que, repentinamente, las normas básicas de tratamiento informativo de los suicidios se irán al garete y mañana, cuando la víctima sea de poca monta, volveremos a intentar aparecer como guardianes de los valores morales de la sociedad.
jueves, 8 de febrero de 2007
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